Horas críticas

Libros de la semana #41

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Entre los rotos, de Alaíde Ventura Medina (Tránsito)

«La primera guerra a veces es la casa. La primera patria perdida, la familia». Con esta premisa se presenta una vibrante y dolorosa novela para la que su autora se inspiró, según ha explicado, en el hallazgo de una foto familiar en la que sus padres peleaban mientras ella era aún un bebé. Arranca justamente su argumento con la aparición y el comentario de un álbum fotográfico de su hermano muerto (por decisión propia), al que debe enfrentarse en soledad, encarando la figura pavorosa del padre y la opresión de un silencio familiar que se extiende como un plúmbeo manto: «El silencio es un vacío, pero pesa. Es la neblina que cubre el mundo. Empaña la vista. Ahoga. Es un cansancio compartido y transmisible. La falsa calma que precede a la masacre». La escritora y antopóloga mexicana Alaíde Ventura Medina (Xalapa, 1985) exhibe sus dotes, repletas de inteligencia y perspicacia, para trazar el contundente y a la vez lírico retrato de supervivencia a una infancia maltratada, abusada y acallada, que explota en el recuerdo de aquellos días que marcaron el tenebroso devenir. La violencia patriarcal heredada o la imposibilidad de sanar del todo las heridas, de perdonar y sobre todo perdonarse por permitir que el pasado se escribiera con aquellas terribles e intolerables palabras, son temas por los que discurre un relato ágil, preciso y desolador que se hizo con el V Premio Mauricio Achar gracias a lo que el jurado —en el que figuraban los escritores Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor y Julián Herbert— consideró «una impecable construcción narrativa» y «una arqueología íntima» basada en recursos diversos. Ante la indefensión y la contradicción de haber estado tantos días a merced de su figura paternal protectora, como en un Síndrome de Estocolmo con vínculo sanguíneo, la protagonista se reconoce en el grupo de quienes fueron truncados, averiados, lastimados hasta que empezaron a no saber quiénes eran y qué parte de aquello era la vida corriente. Una naturalización del dolor en la que, como en el dicho inglés, quienes están heridos también hieren (hurt people hurt people). Y es que «amar es un perpetuo dilema de índole moral y ética. Un ejercicio de reflexión donde no hay respuestas equivocadas. Todos los caminos conducen al sufrimiento». Y pocos autores relatan los abismos de ese sufrimiento, de ese amor, como aquí lo hace Ventura Medina. Sin red, con un lenguaje que es, en sí mismo, expresión encarnada de la violencia.


Las guerras de Goytisolo, de Eduardo del Campo (Libros.com)

El escritor, docente universitario y periodista Eduardo del Campo (Madrid, 1972), firma este retrato de otro autor y reportero, un hijo de la Guerra Civil española que, a finales del infausto siglo pasado acudiría a los conflictos más crudos del momento en Sarajevo, Argelia, Palestina y Chechenia, para documentarlos desde un enfoque del periodismo humano más comprometido. El resultado es este ensayo-tributo a Juan Goytisolo (1931-2017), el estudio más completo hasta ahora sobre la obra como cronista de uno de los más insignes autores de las letras en español, Premio Cervantes 2014 y autor de verdaderos hitos de la literatura de ficción. «Sus reportajes bélicos de los 90 no son una incursión periodística aislada dentro de su larga obra», escribe Del Campo. «Goytisolo hizo literatura testimonial, de campo, in situ y de visu, como decía él, mirando cara a cara a los hechos y a sus protagonistas, durante sus sesenta años de carrera». Gervasio Sánchez, otro testigo de excepción de la barbarie en todo el mundo, cuenta en su prólogo a este libro que Goytisolo aseguraba: «No vengo a buscar emociones ni a arriesgar la piel». Por contra, como escribiría en el prólogo a sus Obras completas, estaba en esos lugares de muerte y terror «por razones éticas y culturales, por un afán de conocer y dar a conocer una verdad forzosamente parcial, como todas las verdades del mundo, pero ajena a la forzada con manipulaciones y amaños». Del fotoperiodista cordobés son las imágenes de un álbum con el que se cierra el libro, que retratan al autor barcelonés a sus 72 años, en plena Guerra de los Balcanes: en uno de los cementerios improvisados para las víctimas, en diversos encuentros junto a otros testigos-documentalistas como Susan Sontag y Alfonso Armada, o dentro del bombardeado edificio de la biblioteca de Sarajevo. Con una larga trayectoria internacional que ha cubierto conflictos en Afganistán, Libia, Irak o Colombia, Del Campo entrega en estas páginas una obra imprescindible para entender la vinculación de Goytisolo con la realidad convulsa de nuestro entorno y reivindicar esta otra faceta no tan (re)conocida. Una nueva lectura crítica de sus textos que contribuye a reconocer el valor del ya casi extinto periodismo narrativo, crónica expresiva y necesaria para entender los hechos que por sí mismos encarnan la más completa sinrazón.


Doña Concha, de Carla Berrocal (Reservoir Books)

Para hacer realidad este cómic que le ha llevado tres años de trabajo, su autora dice haberse inspirado especialmente en el libro de la catedrática de literatura española Stephanie Sieburth Coplas para sobrevivir, en el se propone reinterpretar algunas de las más célebres tonadas de Concha Piquer a la luz de la represión franquista de aquellos años. De esta forma, argumenta Sieburth, los vencidos hicieron su particular duelo y se dio voz a la memoria histórica de los fusilados por el régimen. Carla Berrocal, que combina su labor como ilustradora y novelista gráfica con la de docente, es también una comprometida activista con los movimientos feminista y LGTBI, habituada a echar mano de nuestros clásicos (Lorca, Fuertes, Cernuda…) para sentirse representada y representarnos. Aquí logra una necesaria reapropiación de esta figura esencial en nuestra cultura popular, tratando de hacer justicia a un género que por fin se libera de sus tradicionales estigmas para convertirse en expresión de todas y todos: Doña Concha Piquer —nada de Conchita— fue pionera como tonadillera, actriz y empresaria al liderar su propia compañía, y tras haber aprendido en Broadway y subvertido, a su modo, las reglas del negocio del espectáculo. Berrocal, siguiendo la estela de dibujantes como Ilu Ros, se ha propuesto darle una vuelta a la imagen de esas mujeres asociadas a cierto pasado rancio patrio para reivindicarlas, más allá de su influyente trayectoria artística, por la forma en que se adelantaron a su tiempo en cuanto a mentalidad y osadía. La folklórica valenciana (1906-1990), autora de clásicos eternos que van de Ojos verdes a Tatuaje, pasando por Y sin embargo, te quiero, puso su inolvidable voz al servicio de unas letras que hoy, desde una perspectiva de género e identitaria, pueden ser consideradas de una modernidad apabullante: «¿Por qué no te casas, niña?, dicen por los callejones. Yo estoy compuesta y sin novio porque tengo mis razones» (1943); o «Yo soy la otra, y a nada tengo derecho. Porque no llevo un anillo con una fecha por dentro» (1944); o bien «Yo soy esa […] Con lo que quieran llamarme me tengo que conformar» (1952). Mujeres que de alguna forma se rebelaban contra su propia realidad en compañía de lobos, los machos alfa de la época. La elegancia arquitectónica de su lenguaje secuencial, minimalista, vanguardista y clásico a un tiempo, hacen de este cómic de Carla Berrocal una lectura indispensable. Una narración que también se basa en entrevistas a especialistas en copla que dan color (literalmente) a las escenas de la propia vida de Piquer, ya de por sí emocionante por todo lo que conllevó y lo que su personalidad arrolladora cargó a cuestas. La penetración psicológica de sus viñetas y su exhuberante pero sutil estilo gráfico hacen que estas páginas se impregnen de su sensibilidad, melancolía y vitalismo, elevándose por encima de cualquier biografía al uso.


El historiador en el estadio, de Toni Padilla (Principal de los Libros)

En los últimos tiempos, el fútbol ha empezado a ser reivindicado como un material literario y periodístico de primera —si se nos permite el chiste fácil—, gracias a figuras como las de Toni Padilla (Sabadell, 1977), uno de los fundadores y editores de la revista Panenka. Casi coincide en el tiempo este libro suyo con otro de publicación reciente, bajo el título Nunca fuimos más felices, suerte de mezcla entre autobiografía y ensayo futboleros en el que Carlos Marzal escribe: «El fútbol no tiene por qué no ser un humanismo, por ponernos sartreanos y trascendentes. El fútbol no tiene por qué no airear su trascendencia: trascendencia tal vez diminuta con respecto a otros asuntos y pareceres, pero todas las trascendencias, en definitiva, pueden resultar diminutas». En el apasionante ensayo que nos ocupa, igual de interesante para hooligans del vanidosamente llamado deporte rey que para quienes disfrutan de los buenos relatos que ayudan a entender las diversas épocas, Padilla muestra que el balompié ha tenido siempre un estrecho vínculo con la política. Una tesis que puede resultar obvia hoy, a tenor de la incidencia económica que tiene el negocio del gol y de los magnates y grupos financieros que le han puesto la pata encima, pero que desde ya mucho antes ha existido en todo el mundo. Comunicador especializado en esta área y docente de periodismo deportivo, además de historiador, el autor ha elegido la historia de 40 clubes para analizar los pormenores de la geopolítica futbolística: desde el Bayern de Múnich de 1933, cuyo presidente fue encarcelado por liderar lo que a ojos del nazismo era un club de judíos y cuyos socios fueron llevados al campo de concentración de Dachau; hasta las jugadoras del Dick, Kerr’s Ladies inglés, que protagonizaron el primer partido de fútbol femenino de la historia y que formaron en torno a la I Guerra Mundial las obreras que trabajaban en la producción de municiones para el conflicto; pasando por el Sheriff Tiraspol, que ha jugado hace nada contra el Real Madrid en la Champions League y que forma parte de una región de Moldavia que ansía independizarse del país. Padilla da continuidad así a su Atlas de una pasión esférica (GeoPlaneta, 2018), donde escribía que el fútbol «ha sido una herramienta en manos de dictadores, una ventana abierta para gente oprimida, un campo de batalla para combatir discriminaciones por raza, sexo o ideología». Una realidad mucho menos discutible que el omnipresente VAR.

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